(L-R): Bullseye and Jessie in Disney and Pixar's TOY STORY 5. Photo courtesy of Pixar. © 2026 Disney/Pixar. All Rights Reserved.
Resulta curioso que una franquicia como Toy Story 5 siga encontrando nuevas formas de dialogar con su tiempo. Lo que comenzó en 1995 como una ingeniosa reflexión sobre los celos, la amistad y el miedo al reemplazo, se ha convertido, tres décadas después, en una suerte de crónica emocional de las transformaciones generacionales. La quinta entrega, que llegaba acompañada de cierto escepticismo —después de un cierre aparentemente definitivo en Toy Story 4—, encuentra una justificación temática inesperadamente pertinente: la relación de los niños con la tecnología y el lugar que ocupa la imaginación en un mundo dominado por las pantallas.

La película desplaza el protagonismo tradicional de Woody y Buzz Lightyear para concentrarse en Jessie, quizá el personaje cuya historia siempre estuvo marcada por el abandono y la memoria. A través de los recuerdos de Emily, la cinta vuelve sobre una de las ideas fundamentales de la saga: los juguetes no son simples objetos, sino depósitos de afectos que sobreviven al paso del tiempo. Jessie se convierte así en el corazón emocional de una narración que, aunque sencilla en su planteamiento, encuentra resonancias universales en la manera en que los recuerdos infantiles nos acompañan hasta la adultez.

El conflicto central recae en Bonnie, quien enfrenta una etapa de inseguridad propia de su edad. A diferencia de las generaciones anteriores de la saga, la niña vive rodeada por un entorno donde la aceptación social parece depender cada vez más de las tendencias tecnológicas. La aparición de LilyPad, el dispositivo de moda que ha cautivado a todos los niños, funciona como una metáfora transparente pero efectiva sobre la dependencia contemporánea hacia la tecnología. Lo interesante es que la película evita el discurso reaccionario o moralista. LilyPad no es un villano; por el contrario, es un personaje que comprende que su función es complementar, no sustituir, la imaginación de los niños.

Es en este punto donde Toy Story 5 encuentra su reflexión más madura. La película no demoniza la tecnología ni idealiza el pasado. Su preocupación radica en el momento en que los dispositivos dejan de ser herramientas para convertirse en sustitutos de la creatividad. Pixar parece preguntarse qué ocurre cuando los niños ya no inventan historias porque las reciben prefabricadas desde una pantalla. La respuesta no es particularmente compleja, pero sí emocionalmente efectiva.
Visualmente, la cinta mantiene los elevados estándares técnicos del estudio. La animación es impecable y la expresividad de los personajes continúa siendo una de las grandes virtudes de Pixar. Sin embargo, donde la película realmente encuentra su fuerza es en los pequeños momentos de melancolía que recuerdan por qué estos personajes siguen siendo relevantes. Hay secuencias que evocan directamente el espíritu de las primeras entregas, no como un ejercicio de nostalgia vacía, sino como una reafirmación de aquello que hizo especial a la franquicia desde el inicio: la importancia de jugar, imaginar y crear vínculos afectivos.

No obstante, la decisión de relegar a Woody y Buzz Lightyear genera resultados encontrados. Aunque la apuesta por Jessie resulta comprensible y en varios momentos fructífera, la ausencia de los dos personajes que han definido la identidad de la saga deja un vacío difícil de ignorar. La película funciona mejor cuando explora nuevas dinámicas que cuando intenta recordar constantemente el legado de sus protagonistas históricos.
Al final, Toy Story 5 se revela menos como una aventura de juguetes y más como una reflexión sobre la infancia contemporánea. Es una película que interpela tanto a los padres preocupados por el tiempo que sus hijos pasan frente a una pantalla como a los propios niños que intentan encontrar su lugar en un entorno cada vez más digitalizado. Quizá no alcanza la grandeza emocional de Toy Story 2 ni la perfección narrativa de Toy Story 3, pero sí demuestra que la franquicia todavía tiene algo que decir. Y en una industria empeñada en exprimir sus propiedades intelectuales hasta el agotamiento, eso ya es mucho más de lo que cabría esperar.

