Un Hijo Propio. (L to R ) Armando Espitia as Arturo, Ana Celeste Montalvo as Alejandra in Un Hijo Propio. Cr. Courtesy of Netflix / Netflix ©2026
Un hijo propio, el nuevo híbrido documental de Maite Alberdi, parte de un caso real ocurrido en 2009 para internarse en una zona incómoda donde el deseo de ser madre comienza a confundirse con la presión familiar, las expectativas sociales y, finalmente, con una realidad construida desde la propia mente. Alberdi reconstruye la historia de Alejandra, una mujer que, obsesionada con la idea de tener un hijo, llegó a convencerse a sí misma y a quienes la rodeaban de que estaba embarazada. Engordó, simuló el embarazo y construyó alrededor de esa mentira una realidad que, conforme avanza la película, resulta cada vez más difícil distinguir de la verdad.

Pero el caso es bastante más complejo que el de una mujer que simplemente inventó un embarazo. Alberdi encuentra una pregunta mucho más perturbadora: ¿cuánto de ese deseo era realmente suyo y cuánto había sido alimentado por las personas que la rodeaban? El marido y la suegra ejercen sobre Alejandra una presión constante para que se convierta en madre, como si tener un hijo fuera la consecuencia natural e inevitable de formar una familia. El deseo de otros termina mezclándose con el suyo hasta producir una situación en la que las fronteras entre voluntad, expectativa y fantasía comienzan a desdibujarse.
El guion, escrito por Julián Loyola y Esteban Student, encuentra precisamente en esa ambigüedad uno de sus mayores aciertos. La historia no convierte a Alejandra en una simple impostora ni en una víctima perfecta. La coloca en una zona moral mucho más compleja, donde el deseo, la presión familiar, la necesidad de pertenecer y una evidente fragilidad emocional terminan mezclándose. Y cuando aparece el episodio del recién nacido que Alejandra habría robado de la clínica donde trabajaba, la película introduce una pregunta todavía más inquietante: ¿qué fue exactamente lo que ocurrió? ¿Hubo un acuerdo con la madre? ¿Hubo realmente un robo? ¿O estamos ante otra reconstrucción de una realidad que Alejandra necesitaba creer para sostener su propia ficción?

La estrategia híbrida de Alberdi —entre el documental y la dramatización— resulta fundamental para explorar precisamente esa incertidumbre. La directora no se limita a ilustrar los hechos: utiliza la ficción para abrir espacios que el registro documental por sí solo no podría alcanzar. La dramatización se convierte así en una herramienta de investigación emocional. No se trata únicamente de reconstruir lo que sucedió, sino de intentar comprender cómo pudo sentirse, pensarse y experimentarse una situación semejante.
Ana Celeste Montalvo, a quien muchos espectadores recordarán por Pequeños Gigantes, debuta aquí como protagonista con una interpretación profundamente emotiva. Su trabajo consiste en habitar las contradicciones de Alejandra sin reducirlas a una explicación sencilla. El cambio físico de la actriz, quien tuvo que subir de peso para interpretar al personaje, refuerza además la dimensión corporal de una mujer que literalmente construye sobre sí misma la evidencia de un embarazo inexistente.
Frente a ella, Armando Espitia interpreta a Arturo, un marido que parece condensar buena parte de los estigmas asociados con una masculinidad tradicional. Arturo quiere un hijo varón, cree en la importancia de la sangre y parece incapaz de imaginar otras formas legítimas de construir una familia. Es un personaje cargado de patrones y valores heredados, pero Alberdi evita presentarlo únicamente como un villano. Más bien muestra cómo determinadas ideas pueden transmitirse de generación en generación hasta convertirse en algo que parece incuestionable.

Hay una escena particularmente reveladora durante el baby shower. Alberdi contrapone el registro real de aquel momento, en el que la madre de Alejandra anuncia con enorme felicidad la llegada de su nieto, con la dramatización de lo ocurrido. La alegría de la familia contrasta con el estado emocional de Alejandra, y es precisamente ella quien carga con el peso de lo que está sucediendo. La escena adquiere otra dimensión cuando el espectador conoce el desenlace: aquello que para los demás representa una celebración, para Alejandra se convierte en la confirmación de una realidad que ella misma ha construido y que ya parece incapaz de controlar.
Ese contraste es uno de los recursos más interesantes de Alberdi: mientras algunos personajes viven la situación desde la ilusión, el espectador empieza a observar las grietas de esa realidad, en donde la película no necesita subrayarlas constantemente porque la propia puesta en escena permite que aparezcan.
Y es ahí donde Un hijo propio termina alejándose del simple relato sobre un embarazo ficticio o un supuesto robo de un recién nacido. Lo verdaderamente lamentable es observar cómo una persona puede quedar atrapada dentro de una realidad que comenzó como deseo y terminó adquiriendo una dimensión mucho más compleja. La película habla de las expectativas familiares, de los mandatos sociales y de la necesidad de pertenecer, sí, pero sobre todo habla de una mente que parece perder progresivamente la capacidad de distinguir entre aquello que desea, aquello que imagina y aquello que realmente está sucediendo.

El fino pulso de Alberdi vuelve a demostrar que el documental puede ser también un espacio para explorar las zonas grises de la condición humana. En Un hijo propio no hay respuestas fáciles ni personajes completamente inocentes o culpables. Hay, en cambio, una serie de circunstancias que van empujando a una persona hacia un lugar cada vez más difícil de comprender.
‘Un hijo propio‘ también funciona como un recordatorio de la importancia de hablar de salud mental sin estigmas, de reconocer las señales de alarma; Alberdi muestra las consecuencias de una realidad psicológica que se vuelve cada vez más difícil de separar de la realidad objetiva. Y quizá ahí se encuentre la verdadera fuerza, en recordarnos que antes de juzgar aquello que alguien hizo, también vale la pena preguntarnos qué estaba ocurriendo dentro de esa persona cuando dejó de poder distinguir entre lo que deseaba, lo que imaginaba y lo que realmente estaba viviendo.
