Después de años de intentos fallidos, reinicios apresurados y universos cinematográficos que parecían avanzar sin rumbo, DC encuentra en Supergirl una inesperada historia de madurez. Dirigida por Craig Gillespie y escrita por Ana Nogueira a partir del celebrado cómic de Tom King, esta nueva incursión en el universo kryptoniano se aleja de la grandilocuencia habitual del género para construir un relato íntimo sobre el dolor, la pérdida y la capacidad de seguir adelante.
Milly Alcock asume el reto de interpretar a Kara Zor-El con una mezcla de vulnerabilidad y determinación que termina convirtiéndose en el principal motor emocional de la película. Lejos de la heroína invulnerable que suele asociarse con la familia de Superman, esta Supergirl carga con las cicatrices de un pasado devastador: la desaparición de Krypton, la pérdida de sus seres queridos y una profunda sensación de desarraigo que la ha llevado a vagar por distintos rincones de la galaxia.

La trama se pone en marcha cuando Kara cruza su camino con Ruthye, una joven marcada por la tragedia después de que el despiadado Krem asesinara a toda su familia. El villano, además, ha envenenado a Krypto, el inseparable compañero canino de la heroína. Lo que comienza como una búsqueda de venganza se transforma poco a poco en una reflexión sobre los límites de la justicia y el precio del odio. En este sentido, la película encuentra sus mejores momentos cuando contrapone la sed de revancha de Ruthye con la convicción moral de Kara, quien insiste una y otra vez en que matar no puede ser la respuesta.

Gillespie demuestra una sensibilidad poco común para el cine de superhéroes contemporáneo. Aunque el relato se extiende más de lo necesario en algunos pasajes y tarda en encontrar el ritmo adecuado para resolver sus conflictos, el director mantiene el interés gracias a la construcción de sus personajes y a una atmósfera que privilegia las emociones sobre el espectáculo.

La aparición de Lobo, interpretado por Jason Momoa, aporta la dosis de irreverencia que exige una aventura espacial de estas características. El personaje funciona como contrapunto cómico y caótico, aunque su participación parece responder más a las necesidades de expansión del universo cinematográfico de DC que a las exigencias dramáticas de la historia.
Visualmente, Supergirl cumple con solvencia. Los efectos especiales son efectivos sin llegar a ser particularmente memorables, mientras que la banda sonora acompaña con precisión el recorrido emocional de los personajes. Sin embargo, el verdadero atractivo de la película no reside en sus secuencias de acción, sino en la humanidad que Alcock logra imprimirle a su protagonista.

Porque, al final, Supergirl no trata sobre una mujer capaz de mover planetas o desafiar las leyes de la física. Trata sobre alguien que ha perdido prácticamente todo y que, aun así, encuentra razones para seguir ayudando a los demás. Y la realidad es que buena parte del cine de superhéroes parece obsesionado con la destrucción masiva y los multiversos interminables, esta película apuesta por algo mucho más sencillo y, por ello mismo, más valioso: la resiliencia, la empatía y la defensa de la vida incluso cuando la esperanza parece haberse extinguido.
