Desde hace décadas, el cine ha encontrado en el mundo del arte un terreno fértil para cuestionar los mecanismos del prestigio, el poder y la legitimación cultural. Después de todo, la pregunta nunca ha sido únicamente qué es arte, sino quién posee la autoridad para decidirlo. Entre galeristas, curadores, coleccionistas y mecenas, la creación artística suele quedar atrapada en una red de intereses donde el talento es apenas una variable más. Esa es precisamente la inquietud que atraviesa El arte es oscuro y está lleno de horrores, la nueva película de Artemio Narro, presentada en el marco del GIFF 29.
Lejos de construir un drama solemne sobre la creación artística, Narro apuesta por una sátira feroz, de humor corrosivo y espíritu irreverente, que exhibe las contradicciones de un ecosistema donde el reconocimiento depende tanto de las relaciones de poder como del mérito creativo. El director convierte al circuito de galerías, curadores y ferias internacionales en un pequeño teatro del absurdo, habitado por personajes que oscilan entre la vanidad, el oportunismo y una desesperada necesidad de validación.
En el centro de esta fauna se encuentra Martín, interpretado con notable precisión por Martín Altomaro. Su personaje representa al creador que aún cree que el trabajo artístico, por sí mismo, debería abrirle las puertas del reconocimiento. Sin embargo, conforme avanza la historia, esa convicción comienza a erosionarse frente a un sistema donde las conexiones pesan más que el talento. Altomaro construye un protagonista vulnerable, atrapado entre la búsqueda de inspiración, la frustración profesional y una espiral de hábitos autodestructivos que terminan por convertir su proceso creativo en un ciclo tan agotador como estéril.
La película encuentra buena parte de su fuerza en un reparto que entiende perfectamente el tono farsesco de la propuesta. José María de Tavira interpreta a uno de esos influyentes personajes capaces de decidir qué artistas merecen ocupar un espacio en las grandes semanas del arte o permanecer en el anonimato. No es simplemente un villano; encarna la figura del intermediario cultural cuyo poder resulta tan arbitrario como incuestionable. Por otro lado, Juan Pablo de Santiago ofrece una interpretación igualmente eficaz como otro creador que intenta abrirse camino en un medio donde el nepotismo, las jerarquías y las puertas cerradas parecen ser la verdadera moneda de cambio.
Narro filma estos encuentros con una evidente vocación teatral. Los diálogos son deliberadamente enfáticos, las situaciones rozan constantemente el absurdo y los personajes parecen conscientes de que viven representando un papel dentro de una maquinaria social profundamente artificial. En donde más que buscar el realismo, la película abraza la exageración como herramienta crítica, construyendo una comedia negra cuya teatralidad no se siente como una limitación, sino como el vehículo ideal para desnudar las imposturas del medio artístico.
Naturalmente, esa apuesta estilística puede jugar en su contra. Hay momentos en que la caricatura domina sobre la observación y algunos personajes terminan funcionando más como símbolos que como seres plenamente desarrollados. Sin embargo, incluso en esos excesos, la película conserva una energía provocadora que evita cualquier tentación de solemnidad.
Más que denunciar la falta de oportunidades para los artistas, El arte es oscuro y está lleno de horrores termina cuestionando la estructura misma que determina qué obras merecen ser vistas y cuáles permanecerán invisibles. Su mirada no está dirigida únicamente contra galeristas o curadores, sino contra un sistema que convierte el arte en un espacio de legitimación social donde el prestigio suele cotizar mejor que la creatividad.
Con las participaciones de Irene Azuela, Rosa María Bianchi y Flor Edwarda Gurrola, Artemio Narro entrega una película incómoda, burlona y deliberadamente excesiva, que encuentra en la sátira una forma eficaz de exhibir las miserias de un universo que suele presumirse refinado. Al final, la cinta deja una pregunta tan pertinente como incómoda: si el arte debería desafiar nuestras certezas, ¿qué ocurre cuando quienes deciden qué merece exhibirse han dejado de mirar la obra para concentrarse únicamente en el mercado que la rodea?
