Dentro del marco del 24 Festival Internacional de Cine de Morelia, se presentó la cinta ‘El jardín que soñamos‘, Joaquín del Paso convierte el bosque en algo más que un escenario: lo presenta como un territorio amenazado, un refugio que poco a poco pierde su capacidad de proteger a quienes habitan en él. A través de la historia de una familia migrante, el cineasta construye un relato en el que la explotación de los recursos naturales y la vulnerabilidad humana convergen hasta revelar una misma forma de despojo.
La película sigue a un hombre que vive con su familia en medio de un entorno natural que parece ofrecerles la posibilidad de construir una vida al margen del ruido y las tensiones del mundo exterior. Sin embargo, esa aparente tranquilidad comienza a resquebrajarse cuando el protagonista, quien trabaja como cuidador del bosque para un grupo dedicado a su explotación, queda atrapado en las contradicciones de un sistema que le exige proteger aquello que, al mismo tiempo, contribuye a destruir. La llegada de nuevos personajes que buscan sacar provecho del territorio termina por intensificar los conflictos y pone en riesgo el frágil equilibrio que la familia ha conseguido construir.

Del Paso encuentra en esta contradicción uno de los puntos más interesantes de su relato: el hombre encargado de cuidar el bosque forma parte de una estructura que lo devora. Su trabajo lo coloca en una posición ambigua, entre la conservación y la explotación, entre la necesidad de subsistir y la imposibilidad de preservar intacto el lugar que representa su hogar. La condición migrante de la familia acentúa esta vulnerabilidad, pues su refugio depende de un territorio sobre el que no necesariamente tienen el control y cuya transformación responde a intereses ajenos.
Pero El jardín que soñamos no limita su mirada a la devastación ambiental. En paralelo, desarrolla una historia sobre la paternidad, el cuidado y la necesidad de encontrar un lugar al cual pertenecer. El protagonista intenta asumir una responsabilidad afectiva que no le corresponde de manera directa, abriendo otra dimensión del conflicto: así como busca proteger un espacio natural que está fuera de su dominio, también intenta construir un vínculo familiar cuyo futuro no depende únicamente de su voluntad. En ambos casos, sus esfuerzos se enfrentan a circunstancias que lo rebasan.
La tala de los árboles adquiere, entonces, un peso que trasciende lo ecológico. Cada árbol derribado representa una pérdida material, pero también la desaparición paulatina de un mundo que parecía estable. La cámara de Joaquín del Paso invita a percibir esa destrucción no como una cifra ni como un fenómeno distante, sino como una herida que modifica la relación de los personajes con su entorno. El bosque deja de ser un paisaje contemplativo para convertirse en un espacio atravesado por la violencia económica y las tensiones de quienes intentan sobrevivir dentro de él.

En esa correspondencia entre el deterioro del bosque y el desgaste de los vínculos humanos reside la dimensión más dolorosa de la película. La explotación no arrasa únicamente con los árboles: también transforma las condiciones de vida, debilita las certezas y amenaza con deshacer aquello que una familia ha construido para sentirse a salvo. El jardín del título puede entenderse, así, como la promesa de un hogar posible, un espacio de pertenencia que permanece siempre bajo amenaza.
Con El jardín que soñamos, Joaquín del Paso plantea una reflexión sobre el costo de habitar un mundo donde la naturaleza y las personas quedan expuestas a intereses que las superan. Su relato encuentra fuerza en esa imagen de un hombre que intenta cuidar un bosque mientras ve cómo se transforma, al mismo tiempo que busca sostener una familia en medio de una realidad cada vez más incierta. La tragedia no reside solamente en la caída de los árboles, sino en reconocer que, cuando el territorio se convierte en mercancía, también se vuelve más difícil preservar los afectos, la estabilidad y la posibilidad de llamar hogar a un lugar.
