¿Qué ocurre cuando la música mexicana viaja miles de kilómetros y encuentra un hogar en una cultura distinta? Esa es una de las preguntas que plantea Los mariachis perdidos, documental dirigido por Francisco Ohem que emprende una búsqueda por la antigua Yugoslavia para recuperar la memoria de una peculiar tradición musical: la interpretación de canciones rancheras y mariachis en serbocroata durante las décadas de 1950 y 1960.
En entrevista realizada en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM24), el cineasta habló sobre el origen de un proyecto que nació de su fascinación por una historia que parecía imposible: músicos europeos que adoptaron la estética del charro mexicano y encontraron en sus canciones una forma de imaginar un país al otro lado del mundo.
El interés de Ohem comenzó durante su adolescencia, cuando descubrió en internet la música de Luvo Mirmilich y el grupo Paloma. La imagen de un charro de ojos azules en la portada de un disco llamó su atención, pero fue la música la que terminó por atraparlo. Aquellas canciones evocaban el ambiente de una cantina mexicana, aunque estaban interpretadas en un idioma que no comprendía.

La búsqueda lo llevó a conocer el término Yumex, utilizado para identificar esta corriente musical surgida en Yugoslavia durante los años cincuenta y sesenta, así como el trabajo del escritor esloveno Mia Masini, quien contribuyó a preservar su memoria.
Al descubrir que parte de este fenómeno estaba relacionado con una película prácticamente olvidada de Emilio “El Indio” Fernández, Ohem encontró el punto de partida para el documental. Hace aproximadamente diez años, comenzó a considerar que aquella historia merecía llegar a la pantalla.
“Es una oportunidad increíble de ir a un lugar al otro lado del mundo a buscar a México, a vernos los mexicanos en un espejo rarísimo”, explicó el director durante la conversación.
Un viaje para recuperar la memoria
La búsqueda que propone Los mariachis perdidos va más allá de reconstruir una curiosidad musical. El recorrido por los territorios de la antigua Yugoslavia también conduce al cineasta hacia una historia marcada por las transformaciones políticas, los recuerdos fragmentados y la desaparición de una generación de intérpretes.
Ohem describe la producción como una aventura independiente que tuvo que construirse sobre la marcha. El equipo viajó sin dominar los idiomas locales y se enfrentó a la dificultad de localizar a músicos, coleccionistas y personas que todavía recordaban aquellas canciones.

El hallazgo revela uno de los aspectos más interesantes de la película: el vínculo entre dos culturas no se sostiene únicamente en los objetos que comparten, sino también en las personas que mantienen vivo el interés por ellas.
La investigación incluyó visitas a archivos televisivos, mercados de pulgas y colecciones privadas. En ocasiones, una conversación con un trabajador o un antiguo representante conducía hasta un cantante retirado que todavía podía recordar las melodías mexicanas.
Cada pista abría una nueva posibilidad, aunque no siempre conducía a una respuesta. El documental incorporó esa incertidumbre como parte de su propia estructura, siguiendo los descubrimientos y obstáculos que marcaron el viaje.
El realizador también se encontró con las dificultades de abordar la memoria yugoslava. Aunque la investigación partía de una expresión musical que podía parecer inocente, hablar del pasado en esa región implicaba entrar en terrenos políticamente complejos y enfrentarse a recuerdos sobre los que algunas personas preferían guardar silencio.
¿Apropiación cultural o un homenaje a México?
Uno de los planteamientos más sugerentes de Los mariachis perdidos está en la relación que sus protagonistas establecieron con la música mexicana. Para Ohem, lo que hicieron aquellos intérpretes no debe entenderse como una apropiación cultural, sino como una expresión de admiración genuina.
El cineasta considera que los músicos yugoslavos encontraron en el mariachi una manera de acercarse a un país que imaginaban como un lugar lleno de libertad, aventuras y posibilidades. Su interés no respondía, desde su perspectiva, a una estrategia calculada para obtener beneficios económicos, sino a una conexión emocional con esa música y con la imagen de México que habían construido a partir de ella.

“Yo cero pienso que es apropiación”, afirmó Ohem durante la entrevista. Para el director, lo importante es reconocer el sentimiento que impulsó a aquellos músicos a interpretar canciones mexicanas y hacerlas propias dentro de su contexto.
La película propone así una reflexión sobre los símbolos que asociamos con nuestra identidad nacional. El sombrero, el bigote, el traje de charro y las canciones rancheras adquieren otra dimensión cuando son observados desde una cultura que los convirtió en parte de su propio imaginario.
La mirada extranjera también funciona como un espejo. Mientras el documental recupera la fascinación yugoslava por México, Ohem reconoce que su viaje le permitió construir una imagen de regreso sobre una región cuya historia y cultura suelen estar menos presentes en las conversaciones cotidianas del público mexicano.
Un documental construido como una aventura
La presencia del propio Francisco Ohem frente a la cámara responde a las necesidades de una narración que no tiene un protagonista único. El director explicó que, conforme avanzaba la investigación, comprendió que la película funcionaría como un relato coral, construido a partir de distintas voces y encuentros.
Su personaje opera como el mexicano que viaja al otro lado del mundo para encontrar una parte de su propia cultura. En ese sentido, el documental también adopta elementos de una road movie, con paisajes otoñales que contrastan con la imagen que los protagonistas construyeron de México.
En Los mariachis perdidos, el mariachi deja de ser únicamente una expresión musical asociada con México para convertirse en un puente entre geografías distantes. La película recuerda que una canción puede cruzar fronteras, sobrevivir a los cambios políticos y encontrar nuevos significados en personas que nunca han pisado el lugar donde nació.
