En la penumbra de un hospital, el doctor Federico Rebolledo sostiene la mano de un paciente que ha decidido no prolongar más su agonía. No habla de muerte, habla de libertad. Su oficio de tanatólogo lo convirtió en una suerte de guardián del umbral, alguien que se atrevió a mirar de frente aquello que la mayoría evita.
Ese universo íntimo es el que retrata El último viaje, la ópera prima del cineasta Rodolfo Santa María Troncoso. El documental no es sólo una crónica sobre la eutanasia o los cuidados paliativos. Es también un diálogo sobre la vida, sobre cómo el final puede iluminar de otra forma los días que aún nos quedan.
Santa María Troncoso conoció bien a Rebolledo —era su suegro— y pronto entendió que su misión no era oscura ni fatalista, sino profundamente luminosa. “Él provocaba a la gente a pensar en su propia muerte”, recuerda el director. “Y al final lo que hacía era celebrar la vida”. La película se adentra en esa paradoja: hablar de morir para aprender a vivir mejor.
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